domingo, 14 de octubre de 2012

MÁS CERCA DE ACLARAR LAS MISTERIOSAS CAUSAS DE LA EXTINCIÓN MASIVA DE HACE 201 MILLONES DE AÑOS

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Durante los últimos 450 millones de años, la vida en la Tierra ha sufrido varias grandes extinciones, en las que la actividad biológica cayó en picado y desaparecieron grupos dominantes de criaturas.


Paul Olsen buscando rocas de las que extraer muestras. (Foto: LDEO)

La última gran extinción (hasta ahora) ocurrió hace 65 millones de años, cuando, al parecer, el impacto de un meteorito gigante generó incendios, ondas de choque y tsunamis, alterando drásticamente el clima. Ese cataclismo aniquiló a los dinosaurios, preparando el terreno para el ascenso evolutivo de los mamíferos y finalmente el surgimiento de la especie humana. Muchos científicos ahora están comenzando a pensar que estamos al borde de una nueva gran extinción, ésta generada por los inmensos daños ecológicos causados por las actividades humanas. Estos daños incluyen la destrucción de hábitats y los trastornos climáticos inducidos por el aumento antropogénico de los gases con efecto invernadero en la atmósfera. El resultado de estos daños es que las poblaciones de muchas especies están siendo diezmadas, y que el número de especies en vías de extinción o extintas empieza a incrementarse de manera preocupante.
Las causas de una extinción desencadenada hace 201,4 millones años, y considerada por muchos expertos como la que preparó el escenario para que los dinosaurios entrasen en escena con un papel protagonista, son un misterio.
El paleontólogo Paul Olsen y el geólogo Dennis Kent, del Observatorio Terrestre Lamont-Doherty, adscrito a la Universidad de Columbia, en la ciudad de Nueva York, han estudiado el misterioso origen de esa extinción masiva durante décadas.
Después de reunir indicios de lugares como por ejemplo terrenos con antiguos flujos de lava en Marruecos, acantilados costeros de Gales bañados por las olas, y rocas a gran profundidad bajo lo que hoy en día es Nueva Jersey y Pensilvania, estos investigadores pueden estar más cerca de hallar una explicación para la causa de aquella extinción, una explicación que podría tener algunos aspectos en común con el desastre ecológico antropogénico de nuestros días.
Esta extinción del Triásico-Jurásico (también conocida como la extinción de finales del Triásico) acabó con la mitad de las especies de la Tierra, incluyendo peces parecidos a las anguilas y llamados conodontos, terápsidos parecidos a los mamíferos y que habitaban en pantanos, cocodrilos antiguos, lagartos arborícolas con caras parecidas a las de los monos, y muchos vegetales con hojas grandes. Los dinosaurios, que hasta entonces eran un grupo relativamente pequeño y modesto, lograron sobrevivir a la catástrofe, y luego evolucionaron rápidamente en tamaño y diversidad.
Se cree, a raíz de datos obtenidos en años recientes, que la extinción fue repentina en términos de la escala geológica del tiempo, durando sólo unos pocos miles de años o quizás menos.
De entre las muchas causas barajadas por la comunidad científica durante décadas de investigaciones, finalmente la atención de los expertos se ha centrado en sólo dos, consideradas como las más probables, y que acaso estén relacionadas, lo cual haría que no fuesen mutuamente excluyentes.
Una de ellas es la caída de un gran meteorito.
La otra, que por ahora cuenta con más indicios a su favor, es el desencadenamiento de erupciones volcánicas colosales, que de forma alternada enfriaron y calentaron la atmósfera con hollín y dióxido de carbono, de modo bastante similar a lo que sucede en la actualidad con las sustancias contaminantes emitidas a la atmósfera por actividades humanas.
En aparente conexión con esta última teoría, aproximadamente en la misma la época de la extinción, Pangea, el continente gigante de aquel entonces que albergaba la mayoría de las tierras emergidas del planeta, comenzó a dividirse. Una fisura se fue ensanchando hasta convertirse en el lecho del Océano Atlántico, mientras que los nuevos continentes surgidos de la fragmentación se separaban unos de otros. Esto estuvo acompañado por reiteradas emanaciones titánicas de lava durante cientos de miles de años. Las partículas de azufre emitidas por las erupciones debieron permanecer durante años en la atmósfera, oscureciéndola, lo que a su vez enfrió el planeta. El dióxido de carbono, un gas con efecto invernadero (retiene el calor) es otro componente importante de las erupciones volcánicas. A diferencia de las partículas de azufre, las cuales acaban cayendo a la superficie en cuestión de no muchos años, el dióxido de carbono extra puede permanecer en la atmósfera durante siglos. El resultado es que, tras cesar la influencia de las partículas de azufre en la atmósfera, cobra mayor protagonismo la acción del dióxido de carbono, el cual provoca un calentamiento.
Por consiguiente, en aquellos tiempos con alta actividad volcánica, habría prevalecido un clima caracterizado por una alternancia entre olas de frío (justo tras una gran erupción) y olas de calor (desde la desaparición de las partículas de azufre en la atmósfera y hasta la nueva erupción volcánica masiva).
Hay también evidencias de que lo que hoy es el nordeste de Estados Unidos fue inundado por la lava varias veces, en eventos separados uno del otro por cerca de 200.000 años. Valiéndose de muestras obtenidas mediante perforaciones a gran profundidad en el subsuelo, Olsen y Kent han analizado esas capas de lava, junto con capas intermedias de suelos antiguos que se formaron durante las pausas en la actividad volcánica. Estos científicos encontraron que los suelos contienen huellas de picos de dióxido de carbono que son de cinco a diez veces mayores que los niveles de hoy en día. Tales picos de concentración de dióxido de carbono son suficientes para matar por exceso de calor a buena parte de la vida vegetal y animal, y también para acidificar los océanos a través de reacciones químicas. La alternancia entre un calor extremo y un frío extremo muy posiblemente resultó más dañino para el conjunto de la vida del planeta que la permanencia a largo plazo del frío o bien del calor extremos, tal como razona Olsen.

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